Siempre creí que los aviones se mantienen en el aire, no gracias a la física ni a la mecánica, sino al deseo íntimo de cada viajero de llegar a casa. Al deseo de la esposa que frega platos y mira por la ventana unas luces que cruzan el cielo y desea que su hombre vuelva a la casa. Al deseo del oficinista que mandaron de conferencia y al deseo de la chica de la fotocopiadora que, aunque no se han hablado aun, comprende que su día es distinto si lo ve cruzar la puerta del despacho. Pero también, el deseo de la tripulación, de sacarse a los pocos pasajeros que insisten en pedir bebidas y no se duermen. El deseo del cura que mira por la ventanilla y en un momento de intensa claridad, cree comprender lo impensable que resulta estar suspendido y disparado a una cierta cantidad de kilómetros por hora a una altura imposible y decide rodear el pensamiento y reemplazarlo por una breve nostalgia que le trae de vuelta el olor de las gomas frutadas de la primaria y suspira con una sonrisa media zonza. Ese también suma a esa gran maraña de hilitos brillosos, como de seda, que envuelve al avión y lo sostienen en el aire y hacen que aterrice a salvo y que luego, todos, amanecidos de un trance pasajero, aplaudan y se miren las caras coloradas, párvulos aun, como despertando de una increíble fantasía, la primera, la mejor de todas: volar.Los aviones:
Siempre creí que los aviones se mantienen en el aire, no gracias a la física ni a la mecánica, sino al deseo íntimo de cada viajero de llegar a casa. Al deseo de la esposa que frega platos y mira por la ventana unas luces que cruzan el cielo y desea que su hombre vuelva a la casa. Al deseo del oficinista que mandaron de conferencia y al deseo de la chica de la fotocopiadora que, aunque no se han hablado aun, comprende que su día es distinto si lo ve cruzar la puerta del despacho. Pero también, el deseo de la tripulación, de sacarse a los pocos pasajeros que insisten en pedir bebidas y no se duermen. El deseo del cura que mira por la ventanilla y en un momento de intensa claridad, cree comprender lo impensable que resulta estar suspendido y disparado a una cierta cantidad de kilómetros por hora a una altura imposible y decide rodear el pensamiento y reemplazarlo por una breve nostalgia que le trae de vuelta el olor de las gomas frutadas de la primaria y suspira con una sonrisa media zonza. Ese también suma a esa gran maraña de hilitos brillosos, como de seda, que envuelve al avión y lo sostienen en el aire y hacen que aterrice a salvo y que luego, todos, amanecidos de un trance pasajero, aplaudan y se miren las caras coloradas, párvulos aun, como despertando de una increíble fantasía, la primera, la mejor de todas: volar.
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